Las trabajadoras de la industria textil,hoy igual que en el siglo XIX

08/marzo/2009 | Noticias

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La  lucha de  las obreras de  la  confección comportó mejoras en las condiciones de  trabajo a  las fábricas, sobre todo tras la  Segunda Guerra Mundial. Hasta los años 70 la  confección era un sector industrial muy importante en los países ricos pero a partir de los años 80 con el empuje de  las políticas neoliberales y  la fiebre del libre comercio se inició una deslocalización masiva de  la  producción de  ropa. Pese a  las limitaciones a  la  importación que imponía el Acuerdo Multifibras, las principales firmas de  moda y  de ropa deportiva fueron pioneras en la  subcontratación de  su producción a  países empobrecidos con objetivo de  abaratar los costes salariales. Dos hechos facilitaron este proceso: la  maquinaria necesaria por poner en marcha una industria de  corte y  confección no requiere grandes inversiones y  el proceso de  formación de  las trabajadoras es más corto y  sencillo que en otros procesos industriales.

 

Como en otros sectores, la  competencia por ofrecer las mejores condiciones para la  inversión extranjera ha perjudicado a  trabajadores y  trabajadoras del norte y  del sur. El cierre progresivo de  las industrias textiles ha acabado con miles de  puestos de trabajo en los últimos veinte años. La  lista de  cierres es interminable: el abril del 2008, Dresca, en Navarcles, dejaba a la calle a  180 trabajadores y  trabajadoras; tres meses antes había cerrado la  empresa Fibracolor en Tordera, con una plantilla de  280 personas; Dogi despidió a  123 personas en Cardedeu y  Parets del Vallès; Pasarela cerró su fábrica de  Hostaric que ocupaba 45 personas; DB Apparel a  Cassà y  Massanes, donde trabajaban 132 personas…

 

Muchas de  las empresas cerradas trabajaban para grandes firmas de  moda que han decidido encargar el trabajo a  talleres y  fábricas más competitivas del Marruecos, Turquía, China… Cuando a  la  prensa se anuncian los cierres o  traslados de  producción, a menudo se mencionan las pérdidas acumuladas por estas PYMES como si la  ineludible mano invisible del mercado hubiera dictaminado que Cataluña ya no es apropiada por coser ropa. Lo que no se menciona tan a menudo es que las firmas internacionales que antes les encargaban trabajo nunca registran pérdidas. En el ejercicio de  2008 Inditex (empresa propietaria de  las marcas Zara, Bershka, Pull&Bear entre otros) logró la  cifra récord de  843 millones de  euros de  beneficios; el Corte Inglés tuvo unos beneficios de  747 millones de  euros el 2007; Benetton incrementó sus beneficios en un 16% el año pasado llegando a los 145 millones de  euros; Nike acumuló 391 millones dde dólares de  beneficios sólo durante el último trimestre de  2008.

 

La  competitividad que se exige a  las fábricas de los países ricos es pues inalcanzables porque está basada en la  reducción a la nada de los costes laborales y  fiscales. La  industria textil globalizada continúa ocupando mayoritariamente mujeres en una situación de  precariedad extrema muy similar a  las de  las obreras que protestaban el 1908. La  confección es el sector con salarios más bajos a  la  mayoría de  países productores. En Bangladesh, las trabajadoras cobran una media de  26 euros mensuales, en China entre 57 y  80 euros al mes y  al Marruecos no más de  120 euros mensuales. En ninguno de  estos tres países se puede llegar a  cubrir la  cesta básica con estos importes. Las jornadas laborales se alargan sin aviso previo y  las horas extras demasiado quedan sin abonar.

 

Las desigualdades de  género contribuyen a  la  perpetuación de  esta situación. El mercado de  trabajo de  las zonas industriales se nutre de  chicas jóvenes que migran desde el mundo rural para aportar un sueldo a  la  economía familiar que ya no puede subsistir con el trabajo en el campo. Aun cuando muchos estados disponen de  un marco regulador de  las relaciones laborales, estas chicas desconocen sus derechos como trabajadoras y  como ciudadanas, no saben como funciona un sindicato o  una asociación y  las largas jornadas de  trabajo les impide construir una red de  relaciones sociales en la  que apoyarse. Cuando las trabajadoras consiguen organizarse y  exigir el cumplimiento de  unos mínimos estándares laborales sufren presiones y  amenazas, a veces impulsadas por los propios poderes públicos afines a  las élites dirigentes y  a los empresarios.

 

Las condiciones de  negociación de  las trabajadoras del textil hoy son todavía peores que las de  1908. No se enfrentan sólo a su patrón, ahora se las tienen con las grandes corporaciones que hacen los encargos y  que tienen centenares de  proveedores que compiten entre sí. Con la  amenaza de  la  deslocalización y  del traslado de  la  producción, las trabajadoras han de  optar entre dejar de  trabajar o  sufrir unas condiciones inhumanas. En el Norte, asumir la  primera opción significa cobrar el paro durante un tiempo y  buscarse la  vida en otro sector. En el Sur, sólo queda la  segunda opción. 

Albert Sales i Campos

Campaña Ropa Limpia

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