Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses, tal y como se recoge en el artículo 23 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Los sindicatos son cruciales para garantizar a las personas trabajadoras un salario y unas condiciones de trabajo dignos.  Son la forma más eficaz y legítima de establecer un trato justo,  pues les permite permanecer unidos, expresar sus opiniones y defender sus derechos colectivamente.

A pesar de que la libertad de asociación y la negociación colectiva están protegidos como derecho constitucional en muchos países, algunos gobiernos permiten a los  empleadores burlarse de este derecho. Esto convierte el menoscabo de los derechos laborales en una manera de atraer la inversión extranjera.

Por ejemplo, los compradores a menudo eligen a países como China e Indonesia porque estos gobiernos son bien conocidos por sus esfuerzos para impedir que los sindicatos eleven los salarios mínimos.

Sólo un pequeño porcentaje de las personas trabajadoras del sector textil están sindicalizadas, y muchas de ellas son uniones controladas por los empleadores que responden a los intereses de estos antes que a los de las personas trabajadoras (conocidos como sindicatos amarillos o verticales).

Mientras trabajadoras y trabajadores en todo el mundo están luchando para obtener su derecho a sindicalizarse, los administradores responden a menudo mediante la adopción de tácticas de represión sindical.

La Campaña Ropa Limpia defiende el derecho a la libertad sindical en el textil, y lucha para garantizarlo.

«Artículo 23. Declaración Universal de los Derechos Humanos»
1Toda persona tiene derecho al trabajo, a la libre elección de su trabajo, a condiciones equitativas y satisfactorias de trabajo y a la protección contra el desempleo.
2Toda persona tiene derecho, sin discriminación alguna, a igual salario por trabajo igual.
3Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social.
4Toda persona tiene derecho a fundar sindicatos y a sindicarse para la defensa de sus intereses.
1Los trabajadores y trabajadoras de la cadena de suministro del calzado tienen derecho a un salario digno.
2Los trabajadores y trabajadoras de la cadena de suministro del calzado tienen derecho a unas condiciones laborales seguras.
3Los consumidores y consumidoras tienen derecho a acceder a productos seguros y a la transparencia del proceso de producción del calzado.
En 2013 se produjeron más de 22.000 millones de pares de zapatos en todo el mundo. El calzado que utilizamos, sobre todo el de cuero, esconde en muchos casos vulneraciones de derechos humanos o daños al medio ambiente a lo largo de la cadena de suministro.

La fabricación de calzado requiere de mano de obra intensiva y poco cualificada. Por esta razón, muchas marcas europeas externalizan toda o parte de la producción a países con salarios bajos y donde las malas prácticas están generalizadas. Normalmente, los trabajadores y trabajadoras de estos países no tienen la posibilidad de mejorar sus pésimas condiciones laborales (como salarios de miseria, extenuantes jornadas de trabajo y niveles ilegales de horas extras a menudo no remuneradas, ausencia de medidas de salud y seguridad en el trabajo) porque la negociación colectiva y la libertad sindical están limitadas, cuando existen.

Actualmente, el 87 % de los zapatos se fabrican en Asia, siendo China el principal productor: dos de cada tres zapatos vendidos en el mundo proceden de este país. Respecto al calzado de cuero, más del 40 % se fabrica en China, seguido por Italia (6 %), México (6 %), Brasil (4 %) y la India (4 %).

En algunos de estos países se aplican legislaciones ambientales laxas y poco restrictivas, de manera que se favorecen enormemente las prácticas contaminantes de la industria del cuero, que es un eslabón fundamental de la cadena de suministro del calzado. Durante el proceso de fabricación de calzado de cuero hay dos etapas que pueden ser especialmente peligrosas: el curtido (transformar la piel de los animales en cuero) y el montaje, realizado en mayor medida en la fábrica. En ausencia de una legislación adecuada, los impactos de esta industria sobre el medio ambiente y la salud pueden ser muy negativos.

Uno de los mayores problemas de las personas trabajadoras en muchos países productores de calzado, especialmente en Asia, es que los salarios son muy bajos El personal de este sector puede llegar a tener dificultades para vivir dignamente de su trabajo, aunque esté cobrando el salario mínimo interprofesional. Por ejemplo, el salario mínimo en China es solamente la mitad de lo que sería necesario para vivir con dignidad, mientras que en Bangladesh es de apenas la quinta parte. Percibir un salario digno es un derecho humano que muchas veces no se cumple en los países productores de calzado de Asia. Los bajos salarios también suelen conllevar niveles ilegales de horas extraordinarias.

En la producción de calzado hay un hecho constatado: la gran diferencia en el reparto de los beneficios. Es habitual que el precio final de venta del par de zapatillas que fabrica cada trabajador o trabajadora equivalga más o menos a su salario mensual. Esto es debido a que el trabajador o trabajadora se queda con una fracción mínima del importe del precio de venta al público. Por ejemplo, de los 120 euros que cuestan unas zapatillas deportivas producidas en Indonesia, el personal se lleva tan solo 2,5 euros, es decir, poco más del 2% del precio final, mientras que la mayor parte del valor del zapato va a parar a la marca y al minorista.

Casi la mitad de todo el cuero producido en el mundo procede de Asia, la inmensa mayoría en los países empobrecidos. Los cinco primeros productores mundiales de cuero son China (18%), Italia (10%), República de Corea (7%), India (7%), Rusia (6%) y Brasil (6%).

Uno de los procesos que entraña mayores riesgos es el curtido, mediante el cual se transforma la piel del animal en cuero que se puede utilizar, entre otras cosas, para fabricar zapatos. En estos procesos interviene el cromo, un producto químico que puede llegar a ser muy problemático. El cromo III, cuyo uso está extendido en estos procesos, puede oxidarse y convertirse en cromo VI (cromo hexavalente) cuando el proceso de curtido no está bien controlado. Se trata de una substancia muy tóxica, tanto para las personas como para el medio ambiente. Entre el 80% y el 90% del cuero se curte con sales de cromo, ya que suele ser bastante más barato que el curtido vegetal (realizado con taninos vegetales en vez de cromo).

En las curtidurías, muchos trabajadores y trabajadoras no tienen acceso a medidas de seguridad adecuadas para manipular productos químicos y cuero empapado de estas sustancias. Como consecuencia, su salud se ve afectada y suelen padecer muchas enfermedades y lesiones.

Todos los compuestos de cromo hexavalente se consideran cancerígenos, con lo que el riesgo de las personas trabajadoras a desarrollar cáncer aumenta con la cantidad de cromo hexavalente inhalado y el tiempo de exposición al producto. Al mismo tiempo, el contacto visual directo con ácido crómico o polvos derivados de esta substancia pueden causar daños oculares irreversibles. El cromo hexavalente también puede provocar irritaciones en la nariz, la garganta y los pulmones. Las alergias al cromo hexavalente son frecuentes entre los trabajadores y trabajadoras, ya que la inhalación de los compuestos de cromo puede causar síntomas asmáticos, como sibilación y dificultades respiratorias. Además, el contacto prolongado con la piel puede producir dermatitis y úlceras cutáneas. Incluso el contacto con pequeñas cantidades puede provocar una sensibilidad alérgica al cromo y generar erupciones cutáneas graves.

Los problemas que afectan a la cadena de suministro del calzado mundial son poco conocidos aunque muy generalizados: salarios bajos, pésimas condiciones laborales y el uso de productos químicos tóxicos y metales pesados. Actualmente, el sector es muy poco transparente. A efectos prácticos, es casi imposible saber dónde y en qué condiciones laborales y medioambientales se ha producido cada par de zapatos.

Transparencia en la fabricación de calzado

La falta de transparencia dificulta enormemente que los fabricantes y las marcas se responsabilicen de la situación, ya que se escudan con facilidad en la idea de que los problemas no afectan a la parte de la cadena de suministro que les corresponde. Como consecuencia, no se pueden tomar las medidas necesarias para solucionar estas condiciones pésimas, de manera que las personas trabajadoras y el medio ambiente siguen sufriendo.

La opacidad entra en contradicción con las Directrices de las Naciones Unidas para la Protección del Consumidor, que establece su derecho a tener información sobre los productos que compra.

La información sobre el origen, el proceso de fabricación y la composición del calzado es esencial para:
Empoderar a los consumidores y consumidoras para que puedan escoger zapatos producidos con respeto a los derechos laborales y medioambientales.

Concienciar a los consumidores y consumidoras de la importancia de proteger su propia salud eligiendo calzado que no contenga cromo ni productos químicos tóxicos.

Actua:

La mayoría de las marcas nos ocultan las condiciones laborales del sector del calzado y mantienen sus cadenas de suministro en secreto. Esto tiene que cambiar.

Une tu firma y exige a las principales marcas de calzado que:

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